sábado 26 de julio de 2008

DESTINO VACACIONAL. Capítulo 5. Siempre hay una explicación.

Ya éramos cinco hombres en la estancia. La sucesión de habitaciones se había repetido con todos nosotros, siempre las mismas, de la misma forma, con intervalos de tiempos similares. Cada vez que un hombre nuevo llegaba a la habitación gris, todos le seguíamos en su intento de huída, pero no había forma de escapar, sólo podíamos revivir lo mismo una y otra vez, y sentíamos que sería así de por vida, empezábamos a palpar la angustia. De regreso al primer cubículo, ya no éramos hombres, sino despojos, pellejos aturdidos. El bochorno era insoportable, en el espacio tan reducido, apenas quedaba aire, y el dióxido de carbono empezaba a mermar el trabajo de nuestro cerebro.

Éramos todos distintos, era evidente que procedíamos de diferentes partes del mundo. Segundo era el menudito castaño, Tercero era de piel amarilla, Cuarto rubio, alto, y blanco, y Quinto, tenía en sus facciones rasgos de la zona de la antigua India. Yo, negro intenso.
Desde que el hombre dividió la Tierra en cinco zonas, y separó las razas, esta unión era impensable, era una situación absurda. Pese a la desunión global, todos los habitantes del planeta, utilizábamos el mismo idioma. Alguien empezó a hablar. Al principio dudábamos de si entablar o no una conversación, estaba prohibido por las normas actuales que gente diferente hablara entre sí. Pero estábamos solos, nos sentíamos desprotegidos y desamparados, necesitábamos contacto humano. Entre todos, intentamos buscarle explicación a lo que estaba pasando. Tenía pinta de ser todo un experimento, pero no sabíamos en qué consistía.

Podía tener relación con los colores de las habitaciones: gris, rosa, azul que acaba siendo rojo… no. No tenía sentido, ni siquiera estaban los colores básicos, faltaba el amarillo. Quizás consistiera en averiguar cuánto tiempo tardaban las distintas razas en entablar relación, pero era algo que no servía para nada, se habían tardado años precisamente en separarlas. Las habitaciones… qué podrían tener en común? Empezábamos a estar mareados, a Tercero casi ni le oíamos, y Quinto ya estaba tumbado en el suelo, con la mano vuelta sobre la frente; no cabíamos todos en el catre sentados.

La libélula seguía con nosotros.
-Una vez estuve casado-dijo Segundo.- Mi mujer se llamaba Laura.
-Yo también tuve una mujer, y se llamaba Luna- respondió Quinto.
-¿Por qué habláis en pasado?- preguntó Tercero.
-La mía murió- habló Quinto.
-La mía también- añadió Segundo.
-No es posible, mi esposa también murió- Cuarto empezó a hablar- qué coincidencia.
-¿Coincidencia o clave?- dije yo- Yo también soy viudo- todos enderezamos la espalda con un respingo. Estábamos en el camino.
-Y yo- Tercero sentenció- pero ella no murió, yo la maté- nos miramos los unos a los otros, y empezamos a entenderlo todo.

Los detalles encajaban, y comenzamos a recordar: cada uno de nosotros, habíamos ahogado a nuestra esposa en el mar. Ellas habían muerto con los ojos muy abiertos, mirándonos fijamente como Betty, pero con la elegancia de la caída de pestañas de Marlene, como diciendo: “tengo más clase que tú”.

Empecé a llorar, y todo fue viniendo a mi cabeza, llenándola para querer reventarla. Tras aquella noche, me senté a descansar en el porche de mi casa. Me dolía el cuerpo de los esfuerzos, arrastrarla, sumergirla… Pero rebosaba placer, porque sabía, que ya no sería nunca de nadie más. Ella se había pasado los días pintando ese maldito cuadro, y me gritaba a través de él: “lo sé, te conozco, te intuyo, sé lo que vas a hacer conmigo”. Utilizaba las pinturas como vía de escape, y a la vez como refugio. Sabía que su destino, era el mar, lo único que le haría descansar. Su parcela de paz y libertad.

Esta habitación gris era el encierro que ella había sentido estando conmigo. Cuando la estancia estaba vacía, era lo que ella sentía con nuestra relación. Cuano aparecían muebles por allí revueltos, era porque yo se los había tirado para lastimarla. La cocina era la misma en la que cada día le exigía que me pusiera la comida caliente y que esperase de rodillas a mi lado mientras yo comía, como un perro suplicando las sobras. Ese líquido rojo y viscoso era la sangre que ella derramaba cada vez que yo la hería, las heridas de la piel, las heridas del alma...

LÍ-BE-LU-LA. Lina, Belinda, Luna y Laura. Estaba claro, que la ley del ojo por ojo había vuelto. Estábamos pasando por el mismo infierno que le hicimos pasar a ellas, cada uno de nosotros, tan diferente, en cada parte del mundo. Si no hubiésemos visto la historia de los otros, probablemente, no nos habríamos dado cuenta de lo que había ocurrido.

Vinieron a por mí esa misma mañana. Apenas me levanté de la hamaca, me dijeron que estaba detenido, no sé cómo pudieron enterarse. Libélula. Mi mujer se llamaba Heba. Ella no estaba allí… aún estaba viva.

3 comentarios:

romudea dijo...

Sublime! es la unica palabra que se me ocurre.
Enhorabuena y lo enlazo.

Masakoy dijo...

Lo has clavado chatina ina ina. Me ha encantado... voy a enlazarlo.

Besotes

ana dijo...

gracias!